Jessica Zermeño
Era un sábado. No como cualquier otro. Hacia meses que
no se veían. Que no sabían nada el uno del otro. El lugar del
rencuentro no era el mejor. Había desventajas. Sin embargo, el destino
intentó un acercamiento, quizá el último.
En el ambiente se revivieron los días de gloria. Las tardes de
bailes incansables. Las risas desvariadas por cualquier tontería. La
amistad a flor de piel, motivo de conflictos. El corazón que se entregó
sin preguntar por qué. Las peleas. Los secretos contados. Los miedos
conocidos.
No fue fácil llegar. Aunque el camino era el mismo. Ese que desde
hacía más de siete años un día comenzó a vivir. Pese a regaños. Aún en
contra de la familia.
De nuevo en busca de la magia que ese lugar le guardaba.
Recorrió con tristeza las calles cercanas del barrio Bravo de
Tepito. Cuan sería su valor y coraje que no importaban las malas
noticias de asaltos y muertes tan característicos del lugar.
La mirada baja. El corazón latió. Frente a sus ojos la morada de
sus sueños. La vieja casa de cultura Enrique Ramírez y Ramírez. Recordó
el bien y el mal que le provocaba estar ahí.
Las palabras fueron pocas. Las lágrimas cayeron al mismo tiempo
que sus sentidos asimilaron el hecho de que el corazón de su amigo había
dejado de latir.
Desde ese día, ese viejo teatro anida los recuerdos más emotivos
de su amistad. Memorias que duelen entre las bancas, las luces, el
escenario y el maquillaje que ayuda, sólo un poco a olvidar, a ser un
nuevo personaje que evite recordar el dolor de haber perdido un amigo.
Ahora, una sombra más se ve recorrer los viejos pasillos del teatro..
jueves, 25 de febrero de 2016
martes, 23 de febrero de 2016
Avatares acuáticos
Carlos Alberto Patiño
El agua es cabrona. Esa es la lección básica de los ingenieros hidráulicos. Cada vez que uno se refiere al tema, los expertos dan como primera explicación ésa que seguramente fue una de las primeras advertencias que recibieron cuando estudiantes.
De que el agua es como dicen los especialistas, las muestras son abundantes en la historia de nuestra ciudad. La más reciente la tuvimos en Iztapalapa. Y fue más o menos leve, si la comparamos con un caso como aquel que ocasionó la muerte de un conductor en uno de los puentes del Periférico.
El agua merece esa calificación por los estragos que causa tanto por su abundancia como por su escasez. Incluso por su comportamiento físico, por ejemplo, el llamado “golpe de ariete” que se produce cuando una gran cantidad de líquido se precipita. La fuerza del impacto es tal que puede arrasar con casas y vehículos de los más pesados.
Aun en pocas cantidades, su efecto puede ser letal. Recordemos el tormento chino que consistía en dejar caer una gota de agua sobre la cabeza de un condenado hasta que el golpeteo permanente le perforaba el cráneo.
El agua acaba por erosionar la roca más dura y disuelve casi cualquier sustancia. Si encuentra un orificio, por pequeño que sea, empezará a filtrarse y a ampliar el hueco hasta terminar con cualquier barrera. Por eso las cortinas de las presas son vigiladas minuciosa y constantemente.
El agua es así, y yo lo sabía, pero nunca fui más consciente de ello como cuando, al pasar frente a una fonda, recibí una buena cantidad de líquido que una mujer lanzó desde el local, tras hacer la limpieza. Quedé helado, y ya imaginará el lector el aroma del cubetazo. Entonces recordé el adjetivo de los ingenieros, pero no fue precisamente para el agua. Se lo había ganado con creces la oportuna dama.
El agua es cabrona. Esa es la lección básica de los ingenieros hidráulicos. Cada vez que uno se refiere al tema, los expertos dan como primera explicación ésa que seguramente fue una de las primeras advertencias que recibieron cuando estudiantes.
De que el agua es como dicen los especialistas, las muestras son abundantes en la historia de nuestra ciudad. La más reciente la tuvimos en Iztapalapa. Y fue más o menos leve, si la comparamos con un caso como aquel que ocasionó la muerte de un conductor en uno de los puentes del Periférico.
El agua merece esa calificación por los estragos que causa tanto por su abundancia como por su escasez. Incluso por su comportamiento físico, por ejemplo, el llamado “golpe de ariete” que se produce cuando una gran cantidad de líquido se precipita. La fuerza del impacto es tal que puede arrasar con casas y vehículos de los más pesados.
Aun en pocas cantidades, su efecto puede ser letal. Recordemos el tormento chino que consistía en dejar caer una gota de agua sobre la cabeza de un condenado hasta que el golpeteo permanente le perforaba el cráneo.
El agua acaba por erosionar la roca más dura y disuelve casi cualquier sustancia. Si encuentra un orificio, por pequeño que sea, empezará a filtrarse y a ampliar el hueco hasta terminar con cualquier barrera. Por eso las cortinas de las presas son vigiladas minuciosa y constantemente.
El agua es así, y yo lo sabía, pero nunca fui más consciente de ello como cuando, al pasar frente a una fonda, recibí una buena cantidad de líquido que una mujer lanzó desde el local, tras hacer la limpieza. Quedé helado, y ya imaginará el lector el aroma del cubetazo. Entonces recordé el adjetivo de los ingenieros, pero no fue precisamente para el agua. Se lo había ganado con creces la oportuna dama.
Colecta para un sepelio (El Güero)
Carlos Alberto Patiño
Le decían El Güero, aunque todos en el rumbo sabían que su nombre era Carmelo. Cada mañana, de lunes a sábado, despertaba al vecindario con los chiflidos que daba para avisar de su llegada por la basura. Nada de los campanazos tradicionales. Un largo silbido y el grito ¡la baaaasura! hacían que en casas y departamentos corrieran señoras, señores y muchachas para entregar los desperdicios hogareños.
Algunos, los más ocupados o los más flojos, tenían ya apalabrado al Güero para que, mediante un incremento en la propina, recogiera las bolsas que se habían depositado la noche previa frente a las puertas.
El acuerdo solía llegar a que debajo de la bolsa estuvieran las monedas suficientes para asegurar que Carmelo se llevaría los desechos. El inconveniente era que a veces la basura permanecía acomodada en su lugar, pero las monedas desaparecían. Eso ocurría con mayor frecuencia cuando el hombre y sus colegas decidían hacer una incursión a la pulquería que al final de la calle sobrevivía a los cambios de las costumbres etílicas urbanas.
Una sábado por la tarde, cuando ya el recorrido tradicional debía haber concluido, alguien empezó a llamar a las puertas del vecindario. Eran un par de muchachos de piel blanca y gesto compungido.
Pedían una cooperación para enterrar a su padre, que había sido atropellado precisamente en la lateral del periférico, a unos pasos de la salida de la pulquería.
Por los rasgos y el relato, nadie dudó en que los chicos eran los hijos del Güero. Fueron abundantes los donativos de los vecinos que estimaban a su recolector de basura.
Con dolor y preocupación, los clientes empezaban a preguntarse quién sustituiría a don Carmelo, tan servicial y de confianza.
El lunes siguiente, cuando los más diligentes se preparaban para perseguir al camión de la zona y entregarle su basura, resonó el chiflido del Güero.
Ahí estaba, sano, completo y reclamando su propina.
No, cómo me voy a morir, decía a los curiosos, no, y menos atropellado, con el tiempo que llevo andando en las calles. Qué par de chamacos tan mañosos, remataba, para seguir al siguiente edificio a hacer su cobranza.
Poco tiempo después se le vio salir de la piquera escoltado por los dos muchachos. Efectivamente, eran sus hijos, ahora enviados por la avergonzada madre para evitar que Carmelo organizara otra cooperacha fúnebre.
Le decían El Güero, aunque todos en el rumbo sabían que su nombre era Carmelo. Cada mañana, de lunes a sábado, despertaba al vecindario con los chiflidos que daba para avisar de su llegada por la basura. Nada de los campanazos tradicionales. Un largo silbido y el grito ¡la baaaasura! hacían que en casas y departamentos corrieran señoras, señores y muchachas para entregar los desperdicios hogareños.
Algunos, los más ocupados o los más flojos, tenían ya apalabrado al Güero para que, mediante un incremento en la propina, recogiera las bolsas que se habían depositado la noche previa frente a las puertas.
El acuerdo solía llegar a que debajo de la bolsa estuvieran las monedas suficientes para asegurar que Carmelo se llevaría los desechos. El inconveniente era que a veces la basura permanecía acomodada en su lugar, pero las monedas desaparecían. Eso ocurría con mayor frecuencia cuando el hombre y sus colegas decidían hacer una incursión a la pulquería que al final de la calle sobrevivía a los cambios de las costumbres etílicas urbanas.
Una sábado por la tarde, cuando ya el recorrido tradicional debía haber concluido, alguien empezó a llamar a las puertas del vecindario. Eran un par de muchachos de piel blanca y gesto compungido.
Pedían una cooperación para enterrar a su padre, que había sido atropellado precisamente en la lateral del periférico, a unos pasos de la salida de la pulquería.
Por los rasgos y el relato, nadie dudó en que los chicos eran los hijos del Güero. Fueron abundantes los donativos de los vecinos que estimaban a su recolector de basura.
Con dolor y preocupación, los clientes empezaban a preguntarse quién sustituiría a don Carmelo, tan servicial y de confianza.
El lunes siguiente, cuando los más diligentes se preparaban para perseguir al camión de la zona y entregarle su basura, resonó el chiflido del Güero.
Ahí estaba, sano, completo y reclamando su propina.
No, cómo me voy a morir, decía a los curiosos, no, y menos atropellado, con el tiempo que llevo andando en las calles. Qué par de chamacos tan mañosos, remataba, para seguir al siguiente edificio a hacer su cobranza.
Poco tiempo después se le vio salir de la piquera escoltado por los dos muchachos. Efectivamente, eran sus hijos, ahora enviados por la avergonzada madre para evitar que Carmelo organizara otra cooperacha fúnebre.
Maléfico plan
Jessica Zermeño
Era una trágica tarde de viernes. Corría de un lado a otro huyendo de mamá. La sola idea de su escalofriante plan, me hacía implorar piedad. Ella no podía estar en sus cinco sentidos.
Las mamás suelen olvidar cosas, la mía es de ese club, pero esta vez la pesadilla llevaba ya varios días.
“Vamos Jessy, esto no dolerá”, decía con voz tierna. Pero yo me resistía, en parte sí por cobardía y por una especie de alergia al dolor.
A quién se le ocurrió la idea de amarrar el extremo de un hilo a la puerta y el otro, a mi pequeño y desafortunado diente de leche. Pero eso era lo de menos, lo malvado venía cuando había que cerrar la puerta para arrancar el diente de mi encía.
Ni loca podía permitir que mi madre utilizara esos métodos en mi boca. Sólo tenía seis años, demasiado joven para sufrir.
Debo reconocer que mi enemigo era muy insistente. Y fue ahí donde conocí la vieja historia ambiciosa que a muchos niños hace caer. La frase era contundente. “Si no, no te traerá nada el ratón”. Muy seductora, pensé. Pero no me convenció.
Fue la abuela mi gran salvadora. “Tarde o temprano se caerá sólo” dijo. Y yo, estaba dispuesta a esperar. ¿Cuál era la prisa?
Mamá abandonó su maléfico plan y yo, no sé por qué extraña razón me puse sus viejos patines. Material prohibido para mí. Quería demostrarle que ya sabía patinar. Logré esquivar el comedor. La velocidad aumentó. ¡Yujuuu! la vida sobre ruedas era divertida, hasta que se me atravesó el sofá.
¡Que buen golpe¡ Muchas lágrimas y enojo. Mi diente se había caído con el impacto. El dolor era terrible. No el de la encía, de eso ni me percate. Tuvimos que buscar con lupa mi diente. No podía perderme de la gran recompensa que el Ratón de los dientes dejó bajo mi almohada esa noche.
Era una trágica tarde de viernes. Corría de un lado a otro huyendo de mamá. La sola idea de su escalofriante plan, me hacía implorar piedad. Ella no podía estar en sus cinco sentidos.
Las mamás suelen olvidar cosas, la mía es de ese club, pero esta vez la pesadilla llevaba ya varios días.
“Vamos Jessy, esto no dolerá”, decía con voz tierna. Pero yo me resistía, en parte sí por cobardía y por una especie de alergia al dolor.
A quién se le ocurrió la idea de amarrar el extremo de un hilo a la puerta y el otro, a mi pequeño y desafortunado diente de leche. Pero eso era lo de menos, lo malvado venía cuando había que cerrar la puerta para arrancar el diente de mi encía.
Ni loca podía permitir que mi madre utilizara esos métodos en mi boca. Sólo tenía seis años, demasiado joven para sufrir.
Debo reconocer que mi enemigo era muy insistente. Y fue ahí donde conocí la vieja historia ambiciosa que a muchos niños hace caer. La frase era contundente. “Si no, no te traerá nada el ratón”. Muy seductora, pensé. Pero no me convenció.
Fue la abuela mi gran salvadora. “Tarde o temprano se caerá sólo” dijo. Y yo, estaba dispuesta a esperar. ¿Cuál era la prisa?
Mamá abandonó su maléfico plan y yo, no sé por qué extraña razón me puse sus viejos patines. Material prohibido para mí. Quería demostrarle que ya sabía patinar. Logré esquivar el comedor. La velocidad aumentó. ¡Yujuuu! la vida sobre ruedas era divertida, hasta que se me atravesó el sofá.
¡Que buen golpe¡ Muchas lágrimas y enojo. Mi diente se había caído con el impacto. El dolor era terrible. No el de la encía, de eso ni me percate. Tuvimos que buscar con lupa mi diente. No podía perderme de la gran recompensa que el Ratón de los dientes dejó bajo mi almohada esa noche.
viernes, 19 de febrero de 2016
Roja, comme il faut
Carlos Alberto Patiño
Roja, dije sin dudar. Me preguntaba el taquero por la salsa. Nada de mayor importancia. Pero al expresar mi elección, algo hizo ping, allá adentro, donde las neuronas fosforean cuando logran una sinapsis. Es que lo de escoger a la roja me es algo automático. El chispazo en aquella cena fast track me hizo recordar la infancia.
Siempre elegí la ficha roja en los juegos de mesa, ya se tratara del parkasé o de la lotería. Incluso en el turista o en la carreterita, el auto rojo era mi preferido. Al extremo de rehusarme a jugar si alguien se adelantaba o pretendía que participara con la ficha o el auto amarillo.
Una vez, en una feria, gané un juego de raquetas con un gallito. Muy, bien. Una era roja y la otra azul. Ah, las que hube de pasar para que mis hermanos escogieran la azul a la hora de jugar en la azotea, o, en un descuido familiar, en la esquina, con esa banda que tan bien nos hizo.
Rojo, pues, es el color de mi destino.
Lo malo es que esa pigmentación suele ser complicada. Por ejemplo en los semáforos que se empeñan en abandonar el ámbar justo cuando uno pasa por el crucero. O, en el futbol. La maldita tarjeta bermeja aparece, siempre injustamente, si uno decide responder con una discreta patada al contrincante que quiere meter un gol. También si, con toda cortesía, se le mandan saludos a la progenitora de un árbitro débil visual (así se dice ahora a los cegatos), de esos que marcan un penalti sin respetar la celebérrima mano de Dios.
En fin, que eso de optar por la Roja, ficha, salsa, tarjeta o..., tiene sus asegunes.
C’est la vie, dicen los clásicos. La vie en rouge, diré, parafraseando a la Golondrina, a doña Edith Piaf.
Vale.
Roja, dije sin dudar. Me preguntaba el taquero por la salsa. Nada de mayor importancia. Pero al expresar mi elección, algo hizo ping, allá adentro, donde las neuronas fosforean cuando logran una sinapsis. Es que lo de escoger a la roja me es algo automático. El chispazo en aquella cena fast track me hizo recordar la infancia.
Siempre elegí la ficha roja en los juegos de mesa, ya se tratara del parkasé o de la lotería. Incluso en el turista o en la carreterita, el auto rojo era mi preferido. Al extremo de rehusarme a jugar si alguien se adelantaba o pretendía que participara con la ficha o el auto amarillo.
Una vez, en una feria, gané un juego de raquetas con un gallito. Muy, bien. Una era roja y la otra azul. Ah, las que hube de pasar para que mis hermanos escogieran la azul a la hora de jugar en la azotea, o, en un descuido familiar, en la esquina, con esa banda que tan bien nos hizo.
Rojo, pues, es el color de mi destino.
Lo malo es que esa pigmentación suele ser complicada. Por ejemplo en los semáforos que se empeñan en abandonar el ámbar justo cuando uno pasa por el crucero. O, en el futbol. La maldita tarjeta bermeja aparece, siempre injustamente, si uno decide responder con una discreta patada al contrincante que quiere meter un gol. También si, con toda cortesía, se le mandan saludos a la progenitora de un árbitro débil visual (así se dice ahora a los cegatos), de esos que marcan un penalti sin respetar la celebérrima mano de Dios.
En fin, que eso de optar por la Roja, ficha, salsa, tarjeta o..., tiene sus asegunes.
C’est la vie, dicen los clásicos. La vie en rouge, diré, parafraseando a la Golondrina, a doña Edith Piaf.
Vale.
Un hombre de adicciones
Carlos Alberto Patiño
Siempre lleva un libro consigo. Al trabajo, a la escuela, a comer, a los cafés y bares, hasta a hospitales y funerarias.
“Quién sabe cuándo se presente una emergencia de lectura”, dice a los preguntones
Ese es uno de sus vicios. Otro es la habilidad para ingerir y expeler humo de tabaco. También se confiesa aficionado a los tintos, al café, a desvelarse y a navegar en Internet.
“¿Qué puedo hacer, si soy un hombre de adicciones?”, confiesa.
Por eso se reconoce como un enamorado perenne, sobre todo si de causas imposibles se trata.
Como también padece de adicción al trabajo, tiene que darse maña para cultivar sus dependencias. Tal vez esa sea la causa de las ojeras de mapache que luce de manera casi permanente.
No hace mucho adquirió una nueva afición. Y más vale no tocarle el tema, porque puede pasarse horas hablando de él.
Una noche dejó pasmados a sus amigos. Llegó y dijo: “Nunca creí que me pasaría toda la tarde abrazado de un tipo.”
Cuando todos empezaron a mirarlo como a bicho raro, añadió: “Runfla de canallas mal pensados. Estuve con mi nieto, cargándolo toda la tarde. Y la verdad que ésa es una de las experiencias más agradables que he tenido.”
El muchacho en cuestión tiene ya casi dos años y lo está obligando a convertirse en fan de dos películas y sólo dos: El rey león y un documental llamado Baby School. Son horas y horas las que se han pasado mirando los videos.Todo parece indicar que hay un nuevo ejemplar de adicto en esa familia.
Siempre lleva un libro consigo. Al trabajo, a la escuela, a comer, a los cafés y bares, hasta a hospitales y funerarias.
“Quién sabe cuándo se presente una emergencia de lectura”, dice a los preguntones
Ese es uno de sus vicios. Otro es la habilidad para ingerir y expeler humo de tabaco. También se confiesa aficionado a los tintos, al café, a desvelarse y a navegar en Internet.
“¿Qué puedo hacer, si soy un hombre de adicciones?”, confiesa.
Por eso se reconoce como un enamorado perenne, sobre todo si de causas imposibles se trata.
Como también padece de adicción al trabajo, tiene que darse maña para cultivar sus dependencias. Tal vez esa sea la causa de las ojeras de mapache que luce de manera casi permanente.
No hace mucho adquirió una nueva afición. Y más vale no tocarle el tema, porque puede pasarse horas hablando de él.
Una noche dejó pasmados a sus amigos. Llegó y dijo: “Nunca creí que me pasaría toda la tarde abrazado de un tipo.”
Cuando todos empezaron a mirarlo como a bicho raro, añadió: “Runfla de canallas mal pensados. Estuve con mi nieto, cargándolo toda la tarde. Y la verdad que ésa es una de las experiencias más agradables que he tenido.”
El muchacho en cuestión tiene ya casi dos años y lo está obligando a convertirse en fan de dos películas y sólo dos: El rey león y un documental llamado Baby School. Son horas y horas las que se han pasado mirando los videos.Todo parece indicar que hay un nuevo ejemplar de adicto en esa familia.
El reencuentro
Jessica Zermeño
Hace tanto que dejó de verla. Apenas entraba a la adolescencia. Las cosas no suelen ser fáciles en esa época. Aún así el cariño nunca muere.
¡Que tardes de fantasía con la abuela! La magia, los dulces sin limitaciones, juegos eternos, consentimiento total, tardes de cuentos. Muchas caricias, abrazos, curaciones de raspones y lágrimas por el hecho de crecer.
Esa tarde preparó todo para el reencuentro. Revivió sus memorias, cargo con ellas. Con la última foto donde están juntas, muestra del paso del tiempo.
No olvidó un obsequio, como hacerlo si nace del corazón. Alcatraces blancos, una docena. Sus favoritas.
Preparó un discurso. Nada formal, sólo palabras que de pronto llegaban a su mente. Esas que un día no pudo decir porque ya estaba lejos. Aún así nunca es tarde.
Partió en su búsqueda. Lo hizo sola, el reencuentro era duro, triste desde aquel mes de febrero del 99 que se distanciaron.
Hubo lágrimas, poca comprensión de su decisión. La familia lo resintió, pero lo aceptó. Ella no.
Llegó al lugar donde está ahora la abuela. Tiene un gran jardín. Muchas flores, aunque no todas son de su preferencia. El espacio es poco, muy reducido pero se acopló.
Caminó por el pasto hasta donde se encuentra. Fue un momento difícil, un nudo en la garganta evitó las palabras. Pero no el amor. Y aunque ese sentimiento de abandono y soledad se volvió a sentir, se consoló con el hecho de saberla cerca.
No pudo mirarla nuevamente a los ojos, ni darle un abrazo, es difícil dárselo a una tumba.
La amada
Crónicas al vuelo
Carlos Alberto Patiño
Es femenina y por lo tanto, contradictoria.
Te atrae y te rechaza.
Cuando la buscas, no te responde, pero si la ignoras, te daña.
Puedes estar seguro de que la conoces, pero ella te demostrará cuánto te falta.
Su edad es engañosa. Te muestra sus rasgos infantiles y una faceta adolescente; pero posee también los más antiguos espíritus.
Es deslumbrante al mismo tiempo que sórdida. En sus recovecos ofrece virtudes y vicios. Encanta con unas, te pierde con los otros. Como las plantas exóticas te llama para devorarte.
Su cabellera resplandece rojiza en las madrugadas y por las noches se ilumina, pero guarda sombras que te hieren.Es territorio de todos y de nadie. Se da, pero te repele. Te llama, se aleja, te reclamaEs tan bella como peligrosa; tan violenta como seductora. Cuando se estremece, mata; apacible, te convoca; violenta, te amenaza.
Es rica y pobre. Dominante y humilde. Orgullosa, triste, encantadora. Muchos y muchas han querido domeñarla. Le hablan, le susurran y le mienten, pero son tan pocos los que logran conquistarla.
Es pródiga con encumbrados y parias. Aloja a desesperados, noctámbulos y madrugadores. Emocionada escucha lisonjas, indiferente oye denuestos. Si le place, responde; si se abruma te ignora. Tiene actitudes de diva y de santa.
Puede darte lo que necesitas o negarte todo. Por eso la buscan muchos, por eso tantos la odian.
Es altiva por derecho propio, tierna por naturaleza, salvaje por convicción y noble por herencia. Confunde a los extranjeros, pero se entrega a propios y extraños.Es tierna y amarga, dura y fascinante. Es mi ciudad, la de México, la nuestra.
2001-2004
Carlos Alberto Patiño
Es femenina y por lo tanto, contradictoria.
Te atrae y te rechaza.
Cuando la buscas, no te responde, pero si la ignoras, te daña.
Puedes estar seguro de que la conoces, pero ella te demostrará cuánto te falta.
Su edad es engañosa. Te muestra sus rasgos infantiles y una faceta adolescente; pero posee también los más antiguos espíritus.
Es deslumbrante al mismo tiempo que sórdida. En sus recovecos ofrece virtudes y vicios. Encanta con unas, te pierde con los otros. Como las plantas exóticas te llama para devorarte.
Su cabellera resplandece rojiza en las madrugadas y por las noches se ilumina, pero guarda sombras que te hieren.Es territorio de todos y de nadie. Se da, pero te repele. Te llama, se aleja, te reclamaEs tan bella como peligrosa; tan violenta como seductora. Cuando se estremece, mata; apacible, te convoca; violenta, te amenaza.
Es rica y pobre. Dominante y humilde. Orgullosa, triste, encantadora. Muchos y muchas han querido domeñarla. Le hablan, le susurran y le mienten, pero son tan pocos los que logran conquistarla.
Es pródiga con encumbrados y parias. Aloja a desesperados, noctámbulos y madrugadores. Emocionada escucha lisonjas, indiferente oye denuestos. Si le place, responde; si se abruma te ignora. Tiene actitudes de diva y de santa.
Puede darte lo que necesitas o negarte todo. Por eso la buscan muchos, por eso tantos la odian.
Es altiva por derecho propio, tierna por naturaleza, salvaje por convicción y noble por herencia. Confunde a los extranjeros, pero se entrega a propios y extraños.Es tierna y amarga, dura y fascinante. Es mi ciudad, la de México, la nuestra.
2001-2004
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