JESSICA ZERMEÑO
Parecía un domingo cualquiera, pero para él no sería
así. Estaba a punto de cristalizar un sueño que anhelaba y se veía
incierto. Eran las siete de la mañana. Vaya que tenía sueño. Hubo quien
sugirió que cancelara su cita. Pero pensó en el tiempo que había
esperado para que llegara ese momento. ¿Cancelar? No. Ni loco. Así que
se alistó para visitar lo que él llama el paraíso. De la emoción llegó
35 minutos antes al Palacio de las Bellas Artes. A lo lejos, observó a
una hermosa muchacha. De 27 o 28 años, no más. Ella distrajo su
atención, pero seguía esperando a su acompañante. Caminó un poco.
Con asombro descubrió que ese negro y lacio cabello, que caía tan
armoniosamente sobre aquel rostro celestial, que esos ojos color ámbar,
brillantes, dominantes, radiantes como el destello de una estrella, que
esos labios delicados como el pétalo de una rosa y esa voz, siempre
amable, firme, dulce, eran de la musa que podía acelerar su ritmo
cardiaco. Se sintió tan vulnerable, sumiso y frágil ante aquella hermosa
mujer. Se dio cuenta que era su acompañante. Entraron a disfrutar de la
función. Al término fueron a desayunar. En algún momento, se hizo un
silencio que parecía eterno y pensó que aquella eternidad a lado de ella
siempre sería un privilegio.
El desayuno transcurrió rápido. Ella hablaba y él la admiraba en
silencio. Respetuosamente. Mágicamente, idealizando y guardando el
recuerdo del paraíso terrenal que era estar a su lado.
Luego, cada uno se marchó en direcciones distintas, con la
promesa de un nuevo encuentro. Así se avivó en él la ilusión de otro
instante. Junto a aquel ángel caído del cielo.
Crónicas al vuelo
domingo, 13 de marzo de 2016
Compañía peluda
Jessica Zermeño
Pasábamos horas en completa paz. Pero eso a veces implica soledad. Deseos de tener a alguien con quien jugar, hablar, soñar y llorar. Las cuatro paredes de casa no siempre son buena compañía.
Cuando nos fuimos a vivir solas pensamos en muchas cosas. Que sí los gastos. Los adornos y reglas para la casa. Y lo bien que resultaba tener horarios diferentes para cuidar el hogar.
Pero las tardes y noches a veces son más largas en soledad. El miedo de que alguien toque a la puerta es estresante.
Cierto día llegó de manera inesperada. Estaba enferma. Algunos dicen que fue de tristeza porque la abandoné en mi otra casa. Es la Rojita. Una perrita traviesa. De lo más inteligente que puede ser un animal de cuatro patas. Pero al mismo tiempo es de lo más atrabancada.
Así llegó al departamento. Las primeras horas le costaron trabajo. No había mucho espacio para correr. No había comida especial para perro. Y su camita se había olvidado. Pero nos trajo alegría, compañía y un poco de seguridad, pues ladra hasta porque la mosca vuela. Eso seguro le molesta a los vecinos, pero no nos importa, el edificio es cien veces más ruidoso.
No estará por mucho tiempo, sólo hasta que mejore. Aun así ya se apoderó de ciertos lugares de la casa. Suele echarse en los pies, mientras lavas los trastes, te peinas en el baño. Es una tierna sombra que te sigue a donde quiera que vas. No hay privacidad. Está en todo. Es una peluda compañía que se deja apapachar y que te rompe el corazón cuando sales de casa y añora tu regreso.
Pasábamos horas en completa paz. Pero eso a veces implica soledad. Deseos de tener a alguien con quien jugar, hablar, soñar y llorar. Las cuatro paredes de casa no siempre son buena compañía.
Cuando nos fuimos a vivir solas pensamos en muchas cosas. Que sí los gastos. Los adornos y reglas para la casa. Y lo bien que resultaba tener horarios diferentes para cuidar el hogar.
Pero las tardes y noches a veces son más largas en soledad. El miedo de que alguien toque a la puerta es estresante.
Cierto día llegó de manera inesperada. Estaba enferma. Algunos dicen que fue de tristeza porque la abandoné en mi otra casa. Es la Rojita. Una perrita traviesa. De lo más inteligente que puede ser un animal de cuatro patas. Pero al mismo tiempo es de lo más atrabancada.
Así llegó al departamento. Las primeras horas le costaron trabajo. No había mucho espacio para correr. No había comida especial para perro. Y su camita se había olvidado. Pero nos trajo alegría, compañía y un poco de seguridad, pues ladra hasta porque la mosca vuela. Eso seguro le molesta a los vecinos, pero no nos importa, el edificio es cien veces más ruidoso.
No estará por mucho tiempo, sólo hasta que mejore. Aun así ya se apoderó de ciertos lugares de la casa. Suele echarse en los pies, mientras lavas los trastes, te peinas en el baño. Es una tierna sombra que te sigue a donde quiera que vas. No hay privacidad. Está en todo. Es una peluda compañía que se deja apapachar y que te rompe el corazón cuando sales de casa y añora tu regreso.
viernes, 11 de marzo de 2016
Sin luces
Carlos Alberto Patiño
Iba por la acera de Insurgentes. La chica, tras sus lentes oscuros, era guiada por su madre para sortear todos los obstáculos callejeros. Peatones, ambulantes, puestos de periódicos, baches, postes, escalones...
La muchacha demostraba una relativa habilidad, pero era notorio que no tenía mucha experiencia como invidente. No llevaba el clásico bastón, menos un perro. Su madre-lazarillo la protegía, pero en ella también se notaba la poca experiencia como guía. Las últimas veces que la llevó de la mano se remontaban a los años de primaria.
Era pues una cieguita reciente.
Las personas con las que se cruzaban y alcanzaban a observarlas ponían una cara de conmiseración que daba pena. Su rostro expresaba una gran tristeza por ver a una mujercita tan joven y de cierta belleza afectada de la vista.
Entraron a una cafetería. Ya al acomodarse en la mesa, el capitán y las meseras comenzaron a verla de forma extraña. No estaban acostumbrados a atender a una minusválida, y erraban en acomodarle los cubiertos y luego los alimentos.
Ella se dejaba guiar por su madre para localizar salsera, salero y vasos.
Al retirarse, las mismas caras de lástima la siguieron.
Sonó el celular de la chica. Ella lo sacó y levantando las gafas oscuras, miró el identificador de llamadas.
Los lastimeros circundantes se quedaron pasmados un momento y luego cambiaron su expresión a la de ofendidos. Por alguna razón, se sentían engañados. Ninguno se detuvo a pensar que su mala lectura de las conductas de la chica no eran culpa de ella.
No, no era ciega, pero sí acababa de pasar por una operación ocular que la obligaba a mantener los ojos cerrados.
Requería ayuda y apoyo, pero no lástima, como no la necesitaría si estuviera completamente ciega. Eso no lo entendieron los agraviados.
Peor para ellos.
2004
La diferencia que hacen los demás
Jessica Zermeño
El viejo despertador una vez más se había quedado parado. Se sentó en la cama un poco angustiado. Sus pies tocaron el frío piso. Buscó las pantuflas. Caminó diez pasos hacia el baño. Su mano izquierda buscó la llave del agua caliente. El torrente líquido comenzó a salir. Se duchó apresurado.
Salió del baño. Tomó uno de los trajes al azar. Lo bueno era que todo estaba ya listo en el gancho. Se vistió rápidamente. Tomó su bastón y salió de casa.
Se puso sus gafas oscuras. Podía sentir los rayos del sol calentando su piel. Levantó el rostro. Salió de casa y camino cerca de 25 pasos hacia la avenida Balderas.
En el camino el delicioso olor a pan recién horneado hizo que los aires contaminados de la ciudad se perdieran por cuestión de momentos.
Aunque había prisa, era necesario esperar el microbús indicado. Llegó a la parada. Nadie a su alrededor. Las cosas serían más difíciles.
Luego de diez minutos alguien hizo la parada. Entonces aprovechó para preguntarle al chofer: “Pasa por Antonio Caso”. Sí, respondió el conductor. Subió. Afortunadamente una mujer se levantó de su asiento para bajar en la siguiente esquina. Una mano le indicó el lugar que quedó vacío. Una voz cálida le anunció que él le indicaría donde bajar, pues también lo haría en esa calle.
Agradeció la amabilidad de los usuarios de esa combi. Los semáforos en verde permitieron la rápida llegada a su destino. Bajó entonces acompañado de cinco pasajeros más. Esperó paciente el retiro del microbús. Alistó su sentido auditivo y atravesó la peligrosa calle sin más ayuda. Poco a poco, con bastón en mano se perdió entre la gente de esta ciudad, sin más diferencia que aquella que los hombres hacen al notar su ceguera.
2004
El viejo despertador una vez más se había quedado parado. Se sentó en la cama un poco angustiado. Sus pies tocaron el frío piso. Buscó las pantuflas. Caminó diez pasos hacia el baño. Su mano izquierda buscó la llave del agua caliente. El torrente líquido comenzó a salir. Se duchó apresurado.
Salió del baño. Tomó uno de los trajes al azar. Lo bueno era que todo estaba ya listo en el gancho. Se vistió rápidamente. Tomó su bastón y salió de casa.
Se puso sus gafas oscuras. Podía sentir los rayos del sol calentando su piel. Levantó el rostro. Salió de casa y camino cerca de 25 pasos hacia la avenida Balderas.
En el camino el delicioso olor a pan recién horneado hizo que los aires contaminados de la ciudad se perdieran por cuestión de momentos.
Aunque había prisa, era necesario esperar el microbús indicado. Llegó a la parada. Nadie a su alrededor. Las cosas serían más difíciles.
Luego de diez minutos alguien hizo la parada. Entonces aprovechó para preguntarle al chofer: “Pasa por Antonio Caso”. Sí, respondió el conductor. Subió. Afortunadamente una mujer se levantó de su asiento para bajar en la siguiente esquina. Una mano le indicó el lugar que quedó vacío. Una voz cálida le anunció que él le indicaría donde bajar, pues también lo haría en esa calle.
Agradeció la amabilidad de los usuarios de esa combi. Los semáforos en verde permitieron la rápida llegada a su destino. Bajó entonces acompañado de cinco pasajeros más. Esperó paciente el retiro del microbús. Alistó su sentido auditivo y atravesó la peligrosa calle sin más ayuda. Poco a poco, con bastón en mano se perdió entre la gente de esta ciudad, sin más diferencia que aquella que los hombres hacen al notar su ceguera.
2004
lunes, 7 de marzo de 2016
La Mili
Carlos Alberto Patiño
La Mili se sabe defender. Ya lo demostró. Todas sus habilidades de resistencia impidieron que una partida de camajanes (Peje dixit) se la llevaran.
La Mili es una camioneta de modelo reciente, y hay que decirlo, muy consentida por su dueño, mi viejo amigo, Roger, el caminante, a quien ya hemos paseado por este espacio.
La aventura no fue agradable, pero terminó con bien. Roger tiene una perra, la Dana. Cada fin de semana la llevaba a pasear a la Cima, en los límites del Distrito Federal, rumbo a Cuernavaca.
Esta vez los acompañaba Lupita, la esposa de mi amigo. El sitio es ideal para satisfacer los ímpetus ambulatorios de Roger y los bríos de la Dana.
Habían terminado su paseo, cuando de entre la maleza les salió un grupo de tipos embozados y provistos de escopetas. La Dana es valiente y empezó a gruñir. Con prudencia, Roger la tranquilizó.
Los despojaron de dinero, celulares, relojes, y los obligaron a subir a la Mili para internarse por brechas que conducen a quién sabe donde.
En un lugar aislado se detuvieron, y, para asegurarse de que mis amigos no huirían, quitaron la batería a la Mili.
Se llevaron el estéreo y los dejaron ahí, quizá para ir a buscar herramientas con que terminar de desvalijar el transporte.
Se hizo de noche y la pareja con la perra padecía de frío y miedo. Con las primeras luces se decidieron a salir, y a campo traviesa, lograron llegar a la carretera.
Volvió mi amigo con la policía por la noche, después de levantar la denuncia correspondiente, pero lo intrincado del camino y la oscuridad impidieron localizar ala Mili.
Al tercer día de los hechos, volvió el comando a la búsqueda.
Y sí, en una vereda oculta por los árboles, estaba la Mili. Aparentemente intacta.
A su alrededor había huellas de un camión con el que habían querido arrastrarla. Se veían señales de intentos de forzar las cerraduras, pero ni el cofre, ni las puertas, ni la cajuela cedieron. La Mili resistió como las buenas.
Le quedó una chapa fracturada como marca de guerra, pero venció.
Aun al operador de la grúa que acudió al rescate le costó trabajo trasladarla.
No, si su camionetita no se deja de cualquiera, ayúdeme a convencerla, comentó.
16/11/04
La Mili se sabe defender. Ya lo demostró. Todas sus habilidades de resistencia impidieron que una partida de camajanes (Peje dixit) se la llevaran.
La Mili es una camioneta de modelo reciente, y hay que decirlo, muy consentida por su dueño, mi viejo amigo, Roger, el caminante, a quien ya hemos paseado por este espacio.
La aventura no fue agradable, pero terminó con bien. Roger tiene una perra, la Dana. Cada fin de semana la llevaba a pasear a la Cima, en los límites del Distrito Federal, rumbo a Cuernavaca.
Esta vez los acompañaba Lupita, la esposa de mi amigo. El sitio es ideal para satisfacer los ímpetus ambulatorios de Roger y los bríos de la Dana.
Habían terminado su paseo, cuando de entre la maleza les salió un grupo de tipos embozados y provistos de escopetas. La Dana es valiente y empezó a gruñir. Con prudencia, Roger la tranquilizó.
Los despojaron de dinero, celulares, relojes, y los obligaron a subir a la Mili para internarse por brechas que conducen a quién sabe donde.
En un lugar aislado se detuvieron, y, para asegurarse de que mis amigos no huirían, quitaron la batería a la Mili.
Se llevaron el estéreo y los dejaron ahí, quizá para ir a buscar herramientas con que terminar de desvalijar el transporte.
Se hizo de noche y la pareja con la perra padecía de frío y miedo. Con las primeras luces se decidieron a salir, y a campo traviesa, lograron llegar a la carretera.
Volvió mi amigo con la policía por la noche, después de levantar la denuncia correspondiente, pero lo intrincado del camino y la oscuridad impidieron localizar ala Mili.
Al tercer día de los hechos, volvió el comando a la búsqueda.
Y sí, en una vereda oculta por los árboles, estaba la Mili. Aparentemente intacta.
A su alrededor había huellas de un camión con el que habían querido arrastrarla. Se veían señales de intentos de forzar las cerraduras, pero ni el cofre, ni las puertas, ni la cajuela cedieron. La Mili resistió como las buenas.
Le quedó una chapa fracturada como marca de guerra, pero venció.
Aun al operador de la grúa que acudió al rescate le costó trabajo trasladarla.
No, si su camionetita no se deja de cualquiera, ayúdeme a convencerla, comentó.
16/11/04
Bienvenidas a casa
Jessica Zermeño
Esta es la historia de dos valientes chicas que un día decidieron emprender sus vidas lejos del cariño de sus padres. Ahora serán Charo y Jelo. Jelo y Charo.
Ambas familias pusieron el grito en el cielo. Ciertos tabúes impiden la comprensión. ¡Cómo dos mujeres solas¡ Esta ciudad es muy peligrosa. Y así miles de malos deseos. Pero si no tienen dinero. No saben lo que es mantener una casa. Van a terminar peleadas y con deudas. Aun así, ilusionadas emprendieron el sueño. Buscar un hogar.
Caminaron por las calles de la colonia Juárez. Apuntaron cantidad de teléfonos. Visitaron departamentos sin tener cita. Algunos inquilinos fueron convencidos por las chicas para mostrarles sus viviendas. Eso les dio una idea de lo que querían. Pero no todo fue tan sencillo.
Rentar un departamento en pleno siglo XXI es muy complicado.
Primero, un lío para encontrar a la dueña, conocer el departamento y precios. Más tarde todo el papeleo y un aval.
El primer día se quedaron en espera por más de dos horas y media. Una confusión hizo que la señora Ema asistiera a otras de sus propiedades.
Finalmente, lograron conocer el lugar de sus sueños. Sencillo, de dos recamaras, un baño y una pequeña cocina, sin estufa.
No era nada comparado con la casa en la que habitaron por más de 20 años, pero lo llenarían de ese calor de hogar.
Recorrieron los vacíos rincones del departamento número 9. Ya veían sus nuevos días de penas y glorias en las paredes que ahora guardarán sus secretos.
La ilusión no se pudo ocultar en sus ojos. Aunque el precio hizo un nudo en sus gargantas. ¡Vaya tontas, qué esperaban!
No importó. Ya habían hecho cuentas y estaba dentro del presupuesto, algo apretado, pero quedaba cubierto. Las nuevas responsabilidades había que adquirirlas desde ese día.
El compromiso de palabra se logró. Ema fue amable, aunque no accedió a entregar hasta dentro de una semana el nuevo hogar.
Para estas fechas, las paredes susurrarán “Bienvenidas a casa”. Y un sleeping y varias maletas serán las únicas pertenencias que ayudan a evitar el extraño eco, ese que les recuerda el ruido de casa que ya no escucharán.
2004
Esta es la historia de dos valientes chicas que un día decidieron emprender sus vidas lejos del cariño de sus padres. Ahora serán Charo y Jelo. Jelo y Charo.
Ambas familias pusieron el grito en el cielo. Ciertos tabúes impiden la comprensión. ¡Cómo dos mujeres solas¡ Esta ciudad es muy peligrosa. Y así miles de malos deseos. Pero si no tienen dinero. No saben lo que es mantener una casa. Van a terminar peleadas y con deudas. Aun así, ilusionadas emprendieron el sueño. Buscar un hogar.
Caminaron por las calles de la colonia Juárez. Apuntaron cantidad de teléfonos. Visitaron departamentos sin tener cita. Algunos inquilinos fueron convencidos por las chicas para mostrarles sus viviendas. Eso les dio una idea de lo que querían. Pero no todo fue tan sencillo.
Rentar un departamento en pleno siglo XXI es muy complicado.
Primero, un lío para encontrar a la dueña, conocer el departamento y precios. Más tarde todo el papeleo y un aval.
El primer día se quedaron en espera por más de dos horas y media. Una confusión hizo que la señora Ema asistiera a otras de sus propiedades.
Finalmente, lograron conocer el lugar de sus sueños. Sencillo, de dos recamaras, un baño y una pequeña cocina, sin estufa.
No era nada comparado con la casa en la que habitaron por más de 20 años, pero lo llenarían de ese calor de hogar.
Recorrieron los vacíos rincones del departamento número 9. Ya veían sus nuevos días de penas y glorias en las paredes que ahora guardarán sus secretos.
La ilusión no se pudo ocultar en sus ojos. Aunque el precio hizo un nudo en sus gargantas. ¡Vaya tontas, qué esperaban!
No importó. Ya habían hecho cuentas y estaba dentro del presupuesto, algo apretado, pero quedaba cubierto. Las nuevas responsabilidades había que adquirirlas desde ese día.
El compromiso de palabra se logró. Ema fue amable, aunque no accedió a entregar hasta dentro de una semana el nuevo hogar.
Para estas fechas, las paredes susurrarán “Bienvenidas a casa”. Y un sleeping y varias maletas serán las únicas pertenencias que ayudan a evitar el extraño eco, ese que les recuerda el ruido de casa que ya no escucharán.
2004
Un puro dolor
CARLOS ALBERTO PATIÑO
Lo vi en la madrugada, sentado en la banca del parque. Pese a la hora, me acerqué. Algo en él llamó mi atención. Claro, si somos viejos conocidos. Vaya que lo somos.
Lo insólito de la situación no lo sorprendió. Su mirada parecía decirme "te estaba esperando".
Sin mediar saludos, empezó a hablar:
"Es el dolor, ¿sabes?. Eso es lo único que me queda. Es todo lo que ella me provoca. Se fueron la ternura, el cariño, el amor. En algún momento empezó a asomar el rencor, pero ya ni eso. Simplemente un dolor puro, profundo, intenso.
"Lo consiguió poco a poco. Alzando barreras, interponiendo indiferencias, marcando distancias.
"Ni siquiera amistad ni afecto. Nada pude lograr. Es conmigo como una baldada emocional, sin capacidad de expresar un sentimiento positivo. A veces, cuando todavía buscaba explicaciones para su contradictoria cercanía, llegué a pensar que el bloqueo obedecía al miedo de despertar mis esperanzas, pero que, en el fondo, sin saber cómo manejarlo, tenía algún cariño. Pero no, todo era ilusión.
"Tampoco acepté que fuera una tipa utilitaria. Nunca me alcanzó la imaginación para eso. Dicen que me sobra ingenuidad.
"Yo era su amigo. Más allá de mis emociones profundas, siempre estuve atento a sus necesidades, a sus deseos, a sus problemas. Sin embargo, fueron contadas las veces que pude acudir a ella como amiga. Y menos fueron las ocasiones en que ella mostró algo parecido a un supuesto amistoso.
"No me importó, ahí seguía mi mano siempre dispuesta. Hasta que la rechazó. No sé si consciente o inconscientemente. Quizá es su invalidez emocional. No la culpo.
"En fin, lo que mejor obtengo de ella es este dolor.
"Me han aconsejado que ya lo deje, que acabe con él.
"Pero si eso es todo lo que consigo de su parte, no tengo más remedio que conservarlo. Es lo único que me deja, pero viene de ella."
Quise hacer algún comentario, darle ánimos, pero los ojos del personaje ya me despedían.
Lo dejé ahí, en la banca, guarecido por la noche y cultivando su dolor. Ese dolor que también comenzó a inundarme.
19 11 04
Lo vi en la madrugada, sentado en la banca del parque. Pese a la hora, me acerqué. Algo en él llamó mi atención. Claro, si somos viejos conocidos. Vaya que lo somos.
Lo insólito de la situación no lo sorprendió. Su mirada parecía decirme "te estaba esperando".
Sin mediar saludos, empezó a hablar:
"Es el dolor, ¿sabes?. Eso es lo único que me queda. Es todo lo que ella me provoca. Se fueron la ternura, el cariño, el amor. En algún momento empezó a asomar el rencor, pero ya ni eso. Simplemente un dolor puro, profundo, intenso.
"Lo consiguió poco a poco. Alzando barreras, interponiendo indiferencias, marcando distancias.
"Ni siquiera amistad ni afecto. Nada pude lograr. Es conmigo como una baldada emocional, sin capacidad de expresar un sentimiento positivo. A veces, cuando todavía buscaba explicaciones para su contradictoria cercanía, llegué a pensar que el bloqueo obedecía al miedo de despertar mis esperanzas, pero que, en el fondo, sin saber cómo manejarlo, tenía algún cariño. Pero no, todo era ilusión.
"Tampoco acepté que fuera una tipa utilitaria. Nunca me alcanzó la imaginación para eso. Dicen que me sobra ingenuidad.
"Yo era su amigo. Más allá de mis emociones profundas, siempre estuve atento a sus necesidades, a sus deseos, a sus problemas. Sin embargo, fueron contadas las veces que pude acudir a ella como amiga. Y menos fueron las ocasiones en que ella mostró algo parecido a un supuesto amistoso.
"No me importó, ahí seguía mi mano siempre dispuesta. Hasta que la rechazó. No sé si consciente o inconscientemente. Quizá es su invalidez emocional. No la culpo.
"En fin, lo que mejor obtengo de ella es este dolor.
"Me han aconsejado que ya lo deje, que acabe con él.
"Pero si eso es todo lo que consigo de su parte, no tengo más remedio que conservarlo. Es lo único que me deja, pero viene de ella."
Quise hacer algún comentario, darle ánimos, pero los ojos del personaje ya me despedían.
Lo dejé ahí, en la banca, guarecido por la noche y cultivando su dolor. Ese dolor que también comenzó a inundarme.
19 11 04
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