JESSICA ZERMEÑO
Parecía un domingo cualquiera, pero para él no sería
así. Estaba a punto de cristalizar un sueño que anhelaba y se veía
incierto. Eran las siete de la mañana. Vaya que tenía sueño. Hubo quien
sugirió que cancelara su cita. Pero pensó en el tiempo que había
esperado para que llegara ese momento. ¿Cancelar? No. Ni loco. Así que
se alistó para visitar lo que él llama el paraíso. De la emoción llegó
35 minutos antes al Palacio de las Bellas Artes. A lo lejos, observó a
una hermosa muchacha. De 27 o 28 años, no más. Ella distrajo su
atención, pero seguía esperando a su acompañante. Caminó un poco.
Con asombro descubrió que ese negro y lacio cabello, que caía tan
armoniosamente sobre aquel rostro celestial, que esos ojos color ámbar,
brillantes, dominantes, radiantes como el destello de una estrella, que
esos labios delicados como el pétalo de una rosa y esa voz, siempre
amable, firme, dulce, eran de la musa que podía acelerar su ritmo
cardiaco. Se sintió tan vulnerable, sumiso y frágil ante aquella hermosa
mujer. Se dio cuenta que era su acompañante. Entraron a disfrutar de la
función. Al término fueron a desayunar. En algún momento, se hizo un
silencio que parecía eterno y pensó que aquella eternidad a lado de ella
siempre sería un privilegio.
El desayuno transcurrió rápido. Ella hablaba y él la admiraba en
silencio. Respetuosamente. Mágicamente, idealizando y guardando el
recuerdo del paraíso terrenal que era estar a su lado.
Luego, cada uno se marchó en direcciones distintas, con la
promesa de un nuevo encuentro. Así se avivó en él la ilusión de otro
instante. Junto a aquel ángel caído del cielo.
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