Jessica Zermeño
El viejo despertador una vez más se había quedado
parado. Se sentó en la cama un poco angustiado. Sus pies tocaron el frío
piso. Buscó las pantuflas. Caminó diez pasos hacia el baño. Su mano
izquierda buscó la llave del agua caliente. El torrente líquido comenzó a
salir. Se duchó apresurado.
Salió del baño. Tomó uno de los trajes al azar. Lo bueno era que
todo estaba ya listo en el gancho. Se vistió rápidamente. Tomó su bastón
y salió de casa.
Se puso sus gafas oscuras. Podía sentir los rayos del sol
calentando su piel. Levantó el rostro. Salió de casa y camino cerca de
25 pasos hacia la avenida Balderas.
En el camino el delicioso olor a pan recién horneado hizo que los
aires contaminados de la ciudad se perdieran por cuestión de momentos.
Aunque había prisa, era necesario esperar el microbús indicado.
Llegó a la parada. Nadie a su alrededor. Las cosas serían más difíciles.
Luego de diez minutos alguien hizo la parada. Entonces aprovechó
para preguntarle al chofer: “Pasa por Antonio Caso”. Sí, respondió el
conductor. Subió. Afortunadamente una mujer se levantó de su asiento
para bajar en la siguiente esquina. Una mano le indicó el lugar que
quedó vacío. Una voz cálida le anunció que él le indicaría donde bajar,
pues también lo haría en esa calle.
Agradeció la amabilidad de los usuarios de esa combi. Los
semáforos en verde permitieron la rápida llegada a su destino. Bajó
entonces acompañado de cinco pasajeros más. Esperó paciente el retiro
del microbús. Alistó su sentido auditivo y atravesó la peligrosa calle
sin más ayuda. Poco a poco, con bastón en mano se perdió entre la gente
de esta ciudad, sin más diferencia que aquella que los hombres hacen al
notar su ceguera.
2004
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